jueves, 5 de diciembre de 2013

LAS COSAS QUE NOS UNEN DESDE ESA ETERNIDAD QUE YA ES OLVIDO

UNA LECTURA DE MI FAMILIA Y OTRAS MISERIAS DE ORLANDO MAZEYRA GUILLÉN



Somos infelices y miserables por muchos motivos: acaso el principal sea porque recordamos, jamás nos acordamos de olvidar. Creo que, entre otras cosas, por eso duele la existencia, porque no hay remedio para la culpa, porque en nuestro cuerpo y mente siempre va grabándose la vida. A nosotros, mortales, no nos fue otorgada la Nepenta ni las aguas del Leteo; nuestra cultura, a diferencia de aquella tierra que se menciona en la Odisea, jamás probará el fruto dulce como la miel del árbol de donde mana el olvido: condenados estamos a la memoria, a la sentencia irrevocable de la escritura.

Rafael Toriz,en una cita del Fedro de Platón


Escribe Darwin Bedoya*
Siempre he creído que cada cual tiene una historia que sólo él puede contar. O dicho de otra forma: dentro de cada uno de nosotros hay un caudal de experiencias únicas, intransferibles, un modo más o menos insólito de ver la realidad, que en la mayoría de los casos no llegan a salir a la luz. Es más: a menudo ni siquiera nosotros llegamos a sospechar la existencia de ese mundo interior. Supongo que por eso es tan difícil cumplir el viejo precepto filosófico del «conócete a ti mismo», y por eso también la originalidad, estando tan cerca de nosotros, es un bien raro de encontrar. Sí, todos llevamos dentro de nosotros una historia que, como las huellas dactilares, es absolutamente singular. En El tiempo recobrado, Proust nos recuerda que el único libro verdadero de cada escritor lo llevamos dentro de nosotros, mucho antes de escribirlo, y que por tanto nuestra tarea no es la de inventar sino la de traducir. Y, sin embargo, a pesar de ese bagaje instintivo que poseemos, pocas cosas hay tan difíciles como escribir una buena historia. Todos conocemos a gentes a las que admiramos por su gracia para referir anécdotas y que luego fueron son incapaces de hilar dos líneas al derecho. O con imaginación y elocuencia probadas en muchas sobremesas pero que se quedarían inermes al tomar la pluma o al ponerse ante el ordenador. O gentes que han vivido mucho, ricas en aventuras y conocimientos, y que a pesar de ello no sabrían reflejar en el papel ni uno solo de esos pedazos en bruto de existencia. Pero las excepciones son las cosas más interesantes, y precisamente una de ellas es ésta que encontramos en este libro intitulado Mi familia y otras miserias de Orlando Mazeyra Guillén


0.- «RESULTA QUE UN HIJO CON FUTURO NO ES ÚTIL EN UNA FAMILIA CON UN PADRE QUE NO ESTÁ PORQUE NO QUIERE NINGÚN FUTURO PARA NADIE» (VÍCTOR GARCÍA)

Con ciertos resplandores vargasllosianos y algunos destellos del autor de Los inocentes o Lima en rock, además de leves improntas rulfianas y guiños con el Ampuero de Malos modales y Bicho raro, Orlando Mazeyra Guillén (Arequipa, 1980) nos presenta su más reciente cuentario: Mi familia y otras miserias. Esta primera lectura que hago de estos textos irrevocables gira en torno a dos puntos insertos en el libro, primero está la orientación que expresa el cántico-epígrafe de Cat Stevens y, segundo, el cuento que apertura el libro, me refiero a Mi primera máquina de escribir que, por razones que expondré más adelante, ambos representan el corpus integral de estos textos que a veces devienen biografías, autobiografías, memorias, posmemorias, testimonios, historias de vida, diarios, pero también recuerdos de infancia, autoficciones, filmes, vídeos y hasta fragmentos autobiográficos, además de los sinnúmeros registros poéticos en el lenguaje. Al final, todos ellos hacen relatos, aparte de breves, introspectivos, con microuniversos individuales, que van generando correspondencias entre los mejores cuentos del libro.
La primera impresión que tengo de este libro es que se trata de un texto cuya expresión se erige narrando historias con un estilo directo y trasgresor. Un libro cuya lectura equivale a entrar en un bosque de árboles plantados en la memoria, unidades que van asistiendo al entramado de un corpus sólido, un conjunto de historias que del mismo modo pueden conformar una nouvelle o de historias que también pueden leerse independientemente. Aunque a veces pareciera que estos relatos suponen la estructuración exclusiva de una suite de memorias familiares. Porque leer Mi familia y otras miserias implica esencialmente llegar a la conmoción y, posiblemente a la identificación con alguno de sus personajes. En cada relato Mazeyra ofrece una historia, una imagen para resumir el mundo, la condición humana, un retazo de vida para las palabras. En este libro quizá encontremos la historia definitiva de Mazeyra, su forma de explicar la vida y la de los demás: un padre abominable, una madre desconsolada, un hijo angustiado, son los personajes necesarios y suficientes para fundar un nuevo dominio en la narrativa, un libro nuevo, un territorio donde poder erigir un propio universo literario. La imagen que nos queda después de la lectura de Mi familia y otras miserias es la de un panorama extremo de la familia, que en ocasiones nos evoca el origen del mundo y también el fin del mundo. Las páginas, las historias de este libro nos muestra el lugar donde se alargan las nostalgias y el sitio exacto donde las sombras se hacen más oscuras.

I.- «UNA FAMILIA FELIZ ES UNA LARGA CONVERSACIÓN QUE SIEMPRE PARECE DEMASIADO CORTA» (ANDRÈ MAUROIS)

Muchos lectores deben haber sentido lo que yo al haber terminado de leer este libro. Y la verdad es que me siento privilegiado de vivir y leer en la misma época en que están escribiendo narradores como Orlando Mazeyra Guillén, Carlos Yushimito, Daniel Alarcón y Luis Hernán Castañeda en nuestro mapa. Y en el mapa hispanoamericano: Rodrigo Hasbún (Bolivia), Patricio Pron (Argentina), Alejandro Zambra (Chile), Juan Gabriel Vásquez (Colombia) y Julián Herbert (México). En recientes conversaciones con amigos que de alguna manera están involucrados en el mundo literario, yo escuchaba que todos coincidían en que Mazeyra, con este nuevo libro, ha marcado no un hito, sino una frontera que lo va a convertir en una potencia narrativa. Yo suscribo con entusiasmo ese juicio. Pero al plantear esta aseveración nos preguntarán muchos ¿en qué consiste un acierto literario? Yo sostengo que un acierto literario radica en la capacidad de sacudir en algún nivel la consciencia del lector. Mover al lector desde algún estado de ánimo. Tener la capacidad de crear vida en el relato. Hacer arte. Ir más allá del oficio. (Y digo esto lejos del prejuicio y la idea abstracta o la afirmación que podría entrar a los límites de lo ligeramente demagógico). En eso radica la capacidad de un buen libro. Y precisamente eso es lo que tiene Mi familia y otras miserias (Tribal, 2013, 156 pp.), tercer libro de Mazeyra, antes había publicado Urgente: necesito un retazo de felicidad (2007) y La prosperidad reclusa (2010). Creo que una primera lectura de este nuevo libro conmueve, no sé si sea objetivamente, ontológicamente emotivo. ¿Hay acaso un «ser» de la emoción? ¿Posee la emoción un código genético que el artista pueda administrar eficazmente desde sus dotes expresivas? Francamente no lo creo. Quiero empezar a comentar este libro mencionando los puntos que han hecho que mi primera lectura afirme que estamos frente a un acierto literario. Si en Mi familia y otras miserias existe una «única historia», ésta esconde un «bajo fondo», un «latido» subterráneo más «salvaje» que un bárbaro venido de otro mundo. Tan salvaje que emerge hasta la superficie de esa historia dominante, violenta y fuerte, como un huracán: se deja ver, asoma una marca, crece un bulto sobre la piel que anuncia su presencia interior. Porque lo que subyace es un contrario reprimido que quisiera ser «más cierto» y clama «pidiendo aullar», abriéndose espacio en el cuento, con una prosa doblemente concebida: quebrada y erigida. Y ese contrario, cuya victoria se recibe como una premonición («será»), es signo de una inminente rebelión interior: esa «cría salvaje aunque desconocida». —El temor a la existencia de un vacío que hay que ocultar. —La sacralización de un yo que debe ser protegido mediante el despliegue de toda una serie de escudos discursivos orientados a fortalecer su esencia y a desorientar ante un posible asedio.

II.- «LA FAMILIA ES ALGO ASÍ COMO ARMAR UN EDIFICIO DE JUGUETE SIN MANUAL DE INSTRUCCIONES» (AMMUNNI BALA)

Este libro tiene los indicios suficientes como para decir que estamos ante un texto que tiene las escrituras del sí mismo. Pero ese tipo de escrituras tiene varias formas enunciativas. Una de ellas es la autobiografía. La autobiografía ha sido un importante objeto de estudio sobre todo a partir de los años setenta del pasado siglo. Ante la eclosión de numerosos textos en los que el sujeto pretende narrarse a sí mismo, han surgido numerosas teorías y análisis sobre las formas y los contenidos de estas escrituras que ofrecen diversas lecturas e interpretaciones además de denominaciones distintas según varios criterios. Para intentar acercarnos un poco a este libro, diremos que los textos de esta índole tienen un tipo de escritura en la que el autor proyecta su propio yo, reconstruyéndose o reinventándose a sí mismo, inspirándose en sus propias vivencias y experiencias. Mi familia y otras miserias y sus 32 cuentos nos ha puesto sobre el tapete, digamos, una especie de problemática de género alrededor de la cual se plantean numerosas cuestiones, entre ellas, las más importantes, la distinción entre discurso ficticio y discurso de verdad y el problema de la identidad o la diferencia entre el autor, el narrador y el personaje, cuestión que nos trasladará a plantearnos la construcción de la identidad narrativa en el texto. Porque, qué nos podrían estar diciendo cuentos como: Mi primera máquina de escribir, Es mejor hacerlo con agua mineral, De cómo mi padre se fue al infierno, Uña y mugre, Me enseñaste a orinar, Cuero de chancho, Culpables de tu locura, La llave de tu conciencia y Sueños sucios.
Ya sabemos que una cosa es el narrador y otra cosa el yo del autor, pero lo que no está tan claro es la condición real o ficticia desde la que habla ese narrador que toma la voz y se nombra en plan retrato, memoria, herencia, crónica, acusación o prueba de descargo, que algo así es lo que viene a suceder en este libro. Aquí el yo personal y propio de un joven escritor alcanza a ser memoria de una generación y de una época. Entonces: ¿Qué quiere este libro de nosotros? ¿Cantar el dolor de un hijo? ¿Ser crónica de una eternidad que ya es olvido? ¿Mostrarnos los verdaderos rostros de algunos padres? ¿O acaso pretende que nosotros, tan posmodernos, nos manchemos las manos y acabemos con nosotros mismos de una vez por todas? Creo que Mazeyra, desde su primer libro, dejó claras sus tareas narrativas que se había autoimpuesto: sorprendernos con su forma de renovar su discurso narrativo agresor, su manera tan realista de construir un cuento; pero, sobre todo, fascinarnos con la alta calidad de su escritura.
Tal vez Mi familia y otras miserias no sea un libro de cuentos, sino un gran libro de confesiones, un verdadero descubrimiento de la realidad que a veces no puede ser dicha y vive oculta para siempre. Estas páginas son la intersección entre géneros literarios (generalización de géneros) y categorías de lo real, mediación entre lo íntimo y lo histórico, espacio donde se asienta la identidad, porque las escrituras del sí mismo son un lugar lleno de enigmas y de ambivalencias, donde el texto reenvía continuamente a la vida trozos de memoria. Tal vez por eso la relación entre la escritura y la vida nos conduce inevitablemente al estudio de la referencialidad del lenguaje, a la representación del mundo y del sujeto en el texto escrito, en definitiva, al problema de la veracidad o de la ficción del referente y, consecuentemente, a la cuestión de las escrituras del sí mismo y de la construcción de la identidad narrativa.

III.- «LA FAMILIA ES UN ERROR DEL QUE NO NOS REPONEMOS FÁCILMENTE» (HERMANN HESSE)

Desde el primer cuento de este libro el lector se enfrenta a una realidad que no sabe si ciertamente es realidad o ficción. El criterio de distinción entre ficción y no-ficción es importante por cuanto se tiende a considerar que en los textos autobiográficos debe prevalecer la condición de texto no literario, es decir, no inventado. Esta diferenciación constituye el punto de partida de teorías que, como la de Genette, intentan analizar y distinguir las características de las escrituras «ficticias» en las que el autor inventa completamente el mundo narrado, de las escrituras facticias, en las que, por el contrario, el autor se atiene o debe atenerse a la narración de los hechos acontecidos. Pero en una atenta lectura de Mi familia y otras miserias, llegaremos a la conclusión de que la intencionalidad del receptor, en el momento de la lectura, será pues la que construya el sentido textual. Como consecuencia, veremos entonces que, todo texto puede ser realista al proyectar la experiencia empírica de la realidad sobre la ficción leída, produciendo lo que conocemos, gracias a Genette, como «realismo intencional». El lector actualiza el texto y se lo apropia, creando «el realismo verdadero en la historia». Por esa suspensión del descreimiento que da paso al entusiasmo de la epifanía, desde el cual se difumina la frontera sutil entre historia y ficción. Sabemos que toda realidad es un constructo conformado por modelos de representación comunes a una determinada cultura. Por eso el texto funciona además como un instrumento de comunicación estética, dejando entrever una realidad psíquica que no se limita a un caso particular, sino que es común a todos, convirtiéndose en una herramienta de conocimiento de sí y del otro.
En realidad, las escrituras que se acercan al tema del yo tienen este carácter ambivalente: por un lado son actos de conciencia que construyen una identidad pero, por otro, son actos de comunicación. Esto supone un proceso de selección y de ordenamiento de sí mismo, de autodefinición frente al otro. Lo que parece más cercano en Mi familia y otras miserias es que, aunque sea un espacio de ficción, como podría pretender, por ejemplo, Derrida o Paul de Man, estos textos literarios no son leídos como ficción. Aunque tanto autores como lectores puedan perder la ingenuidad respecto al reflejo verídico del sujeto en la escritura, no por ello el pacto de lectura deja de funcionar en su esencia. La cuestión será el definir ese pacto de lectura. La construcción de la identidad conduce, inexorablemente, a la búsqueda de los orígenes y, por tanto, a la exploración narrativa dentro del grupo socio-familiar donde tuvo lugar el nacimiento, grupo que asigna un nombre y un apellido al sujeto, digamos, primeros signos de identidad. En esa construcción identitaria, el sujeto recompone imaginariamente sus orígenes familiares. El psicoanálisis freudiano se detuvo un instante eterno para hablar de este tema que recrea Mazeyra, por ejemplo, con mayor notoriedad, en el cuento Me enseñaste a orinar. Este último argumento en el que el padre está ausente es característico de los relatos de héroes míticos, conquistadores legendarios o profetas religiosos, cuyos orígenes son parcialmente anómalos, oscuros o extraordinarios. De alguna forma, el heroísmo viene así conectado con el narcisismo: el héroe sería así alguien que no le debe la vida a nadie, un ser autogenerado. Estas dos transformaciones de la historia familiar están, según la teoría psicoanalítica, íntimamente relacionadas con dos fantasmas derivados del complejo de Edipo: por un lado, el autoengendramiento y, por otro, el fantasma de la propia muerte. Constituyen ambos una reescritura de los orígenes, la reconstrucción de la historia del encuentro, fruto del cual, el niño o la niña han nacido, y del que está excluido para siempre, como quiere ser el cuento Cuero de chancho.
Desde este punto de vista, las escrituras del yo, podrían ser construcciones logradas por el lenguaje escrito, por esa exploración del sí mismo en la que el sujeto (narrador) reinventa o reconstruye su propia identidad en la ficción. Mazeyra, más que narrar lo que sabe de sí mismo, utiliza la narración para averiguar lo que ignora, lo que se esconde en la parte más oscura de la memoria. En esa utilización heurística de la ficción se pone de relieve, en primer lugar, el deseo del autor de la narración de hacer morir al padre y fantasear su propio autoengendramiento. No tiene pues nada de extraño el que en este autoalumbramiento en el que las figuras paternas quedan ocultas, el autor adopte en muchas ocasiones el viaje de revisitación al pasado, lo que al final devendría estar condenado a la memoria, a la escritura.

IV.- «LA FAMILIA ES UNA DE LAS MEJORES FORMAS DE ODIARSE UNOS A OTROS» (LORD BYRON)

En los cuentos De cómo mi padre se fue al infierno y Sueños sucios podría volver a darse la construcción de la narración familiar, el sujeto recompone imaginariamente sus orígenes, como primera manifestación de la ficcionalización del yo, dando lugar a dos fantasmas donde se sitúa la escena primitiva, el autoengendramiento y la propia muerte, el comienzo absoluto y la permanencia de un yo que se quiere padre e hijo de una obra que es su doble. La construcción de esa historia familiar reenvía pues al escritor a las razones profundas de su escritura, a la averiguación de lo que se oculta en la «sombra oscura» del sí mismo. El hecho de que el narrador se convierta en sujeto de escritura supone, en una tanatografía, «terminar» con el padre y autodenominarse con un apellido que, no obstante, mantiene una referencia toponímica paterna. Creadora de sí misma, el autor reelaborará imaginariamente a la madre en distintas figuras, en diferentes situaciones, pero en las más de las veces, será una imagen evocadora.
Concebidos la mayoría de cuentos como un espacio donde se construye la identidad narrativa, el autor se proyectará en las diversas instancias discursivas del texto. Permitiéndonos de ese modo el conocimiento/análisis de la enunciación narrativa y sus posibles identificaciones, entonces partiríamos de la conciencia de una serie de conceptos narratológicos un tanto confusos, como focalizador, narrador, enunciador y autor implícito. Entendiendo por focalización la representación lingüística en el texto de la perspectiva cognitiva a partir de la cual se enuncia el discurso, seguiríamos con las diversas clasificaciones, pero siempre en función del sujeto o el objeto, que pueda distinguir entre focalización delegada y no delegada, y focalización interna y externa. La existencia de una focalización que puede ser delegada o no nos indica, en definitiva, que la perspectiva cognitiva parte siempre del narrador, tanto como la enunciación, pudiendo ser una instancia narrativa o discursiva, tal como ocurre en Mi primera máquina de escribir.

V.- «LA FAMILIA ES UN NIDO DE PERVERSIONES» (SIMONE DE BEAUVOIR)

En este tipo de escrituras el nombre es el origen y el signo más evidente de la identidad. Con el nombre y los apellidos se le designa como perteneciente a dos colectivos bien delimitados: a un género y a una familia patriarcal, puesto que es por el nombre del padre por el que se le diferencia y se le «sujeta». Estos dos grupos comportan una serie de connotaciones diferentes.
Esta afirmación supone, en las escrituras del sí mismo, a pesar de la utilización de diversas personas gramaticales, una cierta identificación, por parte del lector, la cual ocurre entre el autor implícito y el enunciador o narrador, y el personaje principal del texto. Y, sobre todo, que el enunciador o narrador pueda identificarse, en cierta forma, con el enunciado o lo narrado. Para proceder al reconocimiento de la enunciación narrativa y sus posibles identificaciones establecemos la definición de una serie de conceptos utilizados con frecuencia en narratología y lingüística que dan cuenta de una cierta confusión entre las nociones de focalizador, narrador/enunciador, autor implícito y autor real. Partiendo de las nociones de diégesis y de mímesis, podemos establecer una diferencia entre el universo diegético o mundo narrado, y la instancia que narra profiriendo el discurso, y que es la organizadora de la historia, al final nos darán cuenta, respectivamente, de la «mostración» o showing, y de la narración, telling o talking. En el primer caso, estaríamos frente a hechos presentados sin la mediación de una fuente narrativa, mientras que en el segundo, se trataría de tomar en consideración los textos en los que el relato puede partir de puntos de vista diferentes, y a veces contradictorios, del narrador. De ahí la confusión, en numerosas ocasiones, entre el focalizador y el narrador, instancias solidarias e incluso a veces indiscernibles. Son numerosos los estudios realizados sobre el concepto de focalización, de ahí una cierta confusión en la terminología. Por focalización entiendo la representación lingüística en el texto de la perspectiva cognitiva a partir de la cual se enuncia el discurso. En la teoría narratológica de Genette, la diferencia entre mostrar y relatar, entre la focalización y la narración, se ve plasmada en el concepto de distancia como la expresión de los diferentes grados de intervención del narrador en los discursos de los personajes, esta iteración la podemos reconocer, por ejemplo en el cuento Es mejor hacerlo con agua mineral.

VI.- «A PESAR DE TODO, LO ÚLTIMO QUE SIEMPRE QUEDA ES LA FAMILIA» (MARLON BRANDO)

Mazeyra, en su revisitación, se ha desplazado por los territorios de la escritura de la búsqueda y el hallazgo. Y sus lectores hemos encontrado, con su libro, la lectura de la sensibilidad y la conmoción. La repetición de algunas ideas en Mi familia y otras miserias incide igualmente en la cronología del texto, atentando, de alguna manera contra el principio según el cual el relato debe ser una sucesión de acontecimientos lógica y cronológicamente orientados hacia un fin. Esto produce pues un efecto de inmovilización o, cuanto menos, de enlentecimiento, abriendo el final del relato. Y no olvidemos que la repetición es no sólo una figura de preferencia dentro de los mismos textos, sino también intertextual: no sólo palabras, sino también frases, incluso fragmentos, aparecen en distintos textos con pequeñas variaciones. Como por ejemplo, ciertos fragmentos de Me enseñaste a orinar y Cuero de chancho, produciendo un efecto extraño de desdoblamiento, de universo cerrado y la a la vez disperso que se refleja en sí mismo aunque distorsionado. En Mi familia y otras miserias, Mazeyra es, en definitiva, un personaje que construye su identidad narrativa a través de los textos que va creando, en constante interacción con el lector. Es mediante la “mentira-verdad” por donde se puede acceder a la verdad íntima del sí mismo, en la construcción de una ipseidad que describe tres sentidos de la invención. El primero, responde a la pregunta de quién soy yo: ante la constatación del vacío central inalcanzable del sujeto, desde el cual surge la necesidad de construirse una identidad en la escritura; el segundo, se plasma en la reinvención del sujeto en su relación con el mundo exterior; y el tercero, en una proyección onírica que conduce a otra verdad de sí mismo.
Estamos entonces ante el autor de un libro íntimo, aquel que estuvo anotando en su memoria, día a día, sus impresiones y sus estados de ánimo, fijando el cuadro de su realidad cotidiana sin preocupación alguna por la continuidad. Esta es una escritura de fondo personal, muy intensa, en las que las palabras a veces son duras, en otras, mordaces y a veces punzantes. Al leer estos cuentos estamos asistiendo a un doble movimiento acelerado que nos introduce en la vida íntima de un personaje para abrirnos al mundo en su más grande amplitud. El escritor entonces se muestra por momentos elegíaco y agresivo, pero el trazo de las frases es siempre preciso, el pulso con que fueron escritas estas historias es firme y nítido y su ritmo vertiginoso, pues mientras vamos leyendo hay una luz que exterioriza el sinsentido de nuestros afectos más recónditos. Así es como las escrituras del sí mismo se convierten pues en el proceso de búsqueda de una identidad, construcción significante que sitúa al yo en una línea de ficción, como diría Lacan. Construida en una interacción con la alteridad imaginaria, la obra supone el desdoblamiento hacia el sí mismo más profundo y oscuro, de donde surge su forma y expresión literaria.
En Mi familia y otras miserias el narrador es a la vez producto textual e instancia activa que enuncia ser, no obstante, una proyección ficticia del autor dentro del texto y en el que éste delega los modos de presentar la historia, además del emisor del monólogo narrativo que envuelve todas las voces y la voz principal, aunque su figura permanezca latente. Si esto lo comprendemos así, aunque hablen los personajes, el narrador no puede permanecer en silencio: la polifonía del discurso no será más que la emanación de dicho narrador, voz multiplicada en una alteridad. El creer que el personaje tiene voz propia sería pretender su referencialidad en el mundo real, independiente del narrador, instancia creada a su vez por el autor implícito, figura del autor real. El autor real se proyecta además en el autor implícito o modelo. A pesar del intento de delimitación de estas categorías, las fronteras entre las diversas instancias pueden desplazarse, sobre todo cuando el autor decide entablar un juego de equívocos. Estas confusiones derivan directamente de la labilidad de los pronombres personales que, en la enunciación, traducirían el fantasma de una identidad múltiple y movediza, construcción del lenguaje, viniendo a demostrar que un mismo enunciador puede ocupar todas las instancias del discurso. Las instancias discursivas serán pues elaboración de aquella a la que se refiere la firma de Mazeyra, representación del autor real, como manifestación del desdoblamiento y fragmentación que constituye el propio acto de escribir, donde la alteridad es necesaria para construir la identidad narrativa. Es esta una colección de relatos nacidos del reconocimiento entre iguales. Estas son historias entrelazadas que nos asoman en toda su crudeza a la separación y unión consumadas. Mazeyra consigue mostrar no sólo que pudo escribir las historias que deseaba: ha desnudado su intencionalidad, su arte y su particular visión del mundo de un hijo, de un escritor, de un hombre. Porque los personajes de carne y hueso de Mi familia y otras miserias transitan por el dolor, la ausencia, la separación, la pérdida y la memoria misma como parte de la vida. Estos son cuentos escritos con la energía que dispone el sentimiento sin aquiescencias, los retazos familiares que componen estas páginas dan forma a la obra que más nos ha tocado de cuantas se hayan escrito en los últimos tiempos en la narrativa peruana.
Quizá estemos frente a una de sus narraciones más poderosas. Relativamente breve, pero muy intensa. Por eso esta colección de cuentos es una invitación a la reflexión, a la incomodidad del dolor. Es un libro contra el olvido, contra la indiferencia. Este libro nos permite asomarnos y ver lo que hay detrás de la miseria, al lado, enfrente, lo que queda más allá de nosotros, de nuestros actos, de nuestras formas de ser. En Mi familia y otras miserias hay héroes verdaderos. Hay hazañas construidas dentro de un corazón. Hay decisiones terribles; pero sobre todo, hay miradas hacia atrás. Lugares que no se olvidan. Palabras que aún repican como las campanas doblan al atardecer. Hay nombres propios y vidas que se apagan con una memoria. Hay deseos de vivir y de morir. Hay destinos paradójicos, sucesos que se quedan hundidos en la memoria. Con Mi familia y otras miserias, podemos reiterar: su autor ha trazado una ruta emocional que une como puntos de coordenada un tipo de sentimiento, un mapa melancólico. Orlando Mazeyra Guillén ha escrito un libro para releer y nos ha hecho recordar que las verdaderas historias viven dentro de nosotros, porque simplemente las hemos vivido y las conocemos, las sentimos. Este es un autor al que hay que seguirle la pista.



Juliaca, octubre de 2013

*Darwin Bedoya (Tacna, 1974) es poeta, narrador y crítico peruano. Ganador del Premio Copé Internacional 2011 con su obra El libro de las sombras (Ediciones Copé , 2012). Actualmente radica en Juliaca.
               





domingo, 1 de diciembre de 2013

"Mi familia y otras miserias" de Orlando Mazeyra Guillén nominado al Premio Luces 2013 del diario El Comercio

Los Premios Luces del diario El Comercio surgieron con la idea de distinguir a los personajes y producciones más destacados del año, en nuestro país, en los grandes rubros de la cultura y el entretenimiento.
Cada año, los Premios Luces han incrementado su relevancia y se han ido estableciendo como uno de los galardones más importantes que un medio de comunicación otorga a los máximos exponentes del cine, la literatura, la música, la televisión, gastronomía, teatro y moda.
Mi último libro de narrativa breve, Mi familia y otras miserias (Tribal, 2013), ha sido seleccionado por el crítico Ricardo González-Vigil para participar por el Premio Luces a las Artes. Aunque es improbable que gane, ya la nominación es un mérito para alguien que escribe sus historias en el medio más crítico con "la gran prensa" (y otras firmas más...). 

lunes, 4 de noviembre de 2013

Un libro sobre un diván

Por José Villanueva Criales

Para leer el libro Mi familia y otras miserias de Orlando Mazeyra Guillén es aconsejable disponer de un cuarto ventilado y tranquilo con un diván y una silla, similar a la oficina de un psiquiatra. En la silla nos sentaremos nosotros y en el diván apoyaremos el libro. Luego, devotos de la rapsodomancia, abriremos una página a la suerte.

Las historias con las que nos toparemos; entre la crónica, la ficción y los recuerdos súper lúcidos del tercer día de la borrachera, tienen la habilidad de vaciarse en el lector poco a poco, con gran calma y parsimonia. Este es un libro que se absorbe por goteo, son pequeños alfileres los que pinchan las yemas de los dedos con una naturalidad premeditada que aleja totalmente la idea de un dolor trágico para convertirse en un complot de memorias exiliadas y reunidas por el autor. Mazeyra ha decidido liberarse de sus demonios poniéndoles títulos. El libro llora en el diván lo que él ya no quiere llorar en su casa en Arequipa.

Mi familia y otras miserias tiene la curiosa facultad de gritar silenciosamente una pesadumbre que rueda siempre más acá de los recuerdos. La lejanía, condición esencial en la obra, ha perdido su connotación temporal para ganar una nueva connotación narrativa. Si bien es claro que en el libro se habla sobre relatos del pasado que el autor ha vivido y mucho más importante: recuerda; nada hay más equivocado que pensar en esta obra como una galería de memorias tristes. El autor no ha evocado nada que no esté en su bolsillo en este preciso momento, nada que no lleve consigo todos los días como un bocio lleno de alcohol barato en el cuello. La lejanía habita la narración. Las historias son contadas de una manera tan ausente que, aun aberrantes y grotescas, es imposible pensar que no sigan transcurriendo ahora mismo y nunca dejen de hacerlo. La cura de Mazeyra es la eternidad. Sólo eternizando los momentos trágicos como si hubieran sido grabados con una cámara oculta es posible revisitarlos con serenidad; recuerdos que se hacen más claros y menos dolorosos.

Es muy latente el retrato de relaciones familiares intensas y descarnadas en la obra, pues para Mazeyra la familia se expone en tanto dimensión biológica, como un sino genético insalvable del que no se puede huir y cuyo estandarte se lleva siempre en un lugar profundo del cuerpo. Este pensamiento otorga al libro una de sus facultades más apreciables: la de no lamentarse. El libro es pesado como un tótem, y con este “pesado” no nos referimos a la complejidad narrativa o estilística del mismo, el libro es pesado porque si bien una versión final de su manuscrito ha sido entregada a la editorial Tribal, la versión original del autor ha sido rociada con alcohol y quemada. El último de sus puntos finales es una invocación al olvido. Si se sigue el consejo inicial se podrá probar que el diván ha quedado marcado por el peso de las palabras después de la sesión de lectura y el lector, atónito y conmovido, sólo podrá dar un último consejo: Señor Mazeyra, cuide mucho de sus hijos.


La Paz, octubre de 2013.
Publicado en Proyecto Patrimonio de Santiago de Chile:
http://www.letras.s5.com/omaz101113.html

lunes, 14 de octubre de 2013

Lo bueno de ser un solitario desconocido es que se puede empezar de nuevo

Por Giuliana Catari*


En el marco de la V Feria Internacional  del libro Arequipa 2013, el escritor arequipeño, periodista y editor cultural de la Universidad  La Salle, Orlando Mazeyra presentó su libro de cuentos  Mi familia y otras miserias,bajo el sello de narrativa Tribal de Perú Tambo Editores.
Mazeyra, quien a sus 32 años es considerado como una de las promesas de la narrativa local, ha publicado Urgente: necesito un retazo de felicidad (2007) y La prosperidad reclusa (2010). Sin embargo, esta nueva producción narrativa, es la que rebasa la técnica y se proyecta  hacia una madurez y solidez literaria.
Los 32 cuentos que conforman el libro de Mazeyra, revelan la inquietud y posición del autor frente al nexo institucional más sistemático de la sociedad: la familia. Una mirada de soslayo que ya desde Mi primera máquina de escribir, no escatima en mostrar los extremos paternales y la decadencia de una ilusión fraternal. En Solosín, la locura del hijo aparentemente es una mejor opción frente a la realidad.
Los cuentos Es mejor hacerlo con agua mineral, Radiografía del alma y Culpables de tu locura sintetizan magistralmente el proceso de la escritura del autor.                                                                       
De otro lado Alguien se acuerda de ti, remite el juego de las supersticiones marcado por unos de los miembros de la familia -digo miembros y no integrantes- y donde la muerte no es signo de dolor sino de ironía y sarcasmo frente a la hipocresía de la verdad y el tabú.
Es así que cada personaje de los cuentos trasciende entre la desesperación y el olvido, cada elemento familiar parece reafirmar el vacío generado por la violencia, las adicciones y la soledad, así  como la presencia de un amor sutil alimenta los desvaríos de la miseria familiar.
Sin embargo, estas circunstancias no son gratuitas para la mordacidad de Mazeyra. El manejo del lenguaje con pulcritud y hasta muchas veces poético permite leer con intensidad y vehemencia cada historia. A diferencia de Ribeyro, para Mazeyra la desolación es un elemento de reconocimiento para la función de sus personajes y es  a través de ellos que el conflicto resulta ser un sórdido acompañante de la escritura.
No en vano, Orlando Mazeyra ha logrado una posición en el oficio de escribir con tenacidad y por qué no “valentía” y como dijera en uno de sus cuentos: “lo bueno de ser un solitario desconocido  es que se puede empezar de nuevo”.
* (Arequipa, 1987). Estudió Literatura y Lingüística en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa. Ha publicado poemas en la Revista Dragostea Blanconegro serie Literatura no heterosexual (2005). Escribe en El Búho.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Tu libro ha viajado en mi bolso...


Hola Orlando,
Tu libro ha viajado en mi bolso estos días, es imposible no terminar de leerlo después que una lo empieza, escribes y atrapas (lo compré, mientras conversábamos con tu amigo, frente a la casa de Artescénica,  ¿recuerdas?).
Me alegra mucho que tus personajes me hagan exorcizar algunas de mis frustraciones, que ellos hablen con esa naturalidad que hiere, brama y a veces llega a redimir, la marca familiar que pesa sobre el “destino”.  Me han gustado mucho especialmente: "Es mejor hacerlo con agua mineral", "Los libros malditos", "De cómo mi padre se fue al infierno", "Mi primera máquina de escribir", "Alguien se acuerda de ti", "Veneno congénito", "Me enseñaste a orinar". Y la cita que compartes de Borges.
Tu libro ha reactivado, también, en mí, un hábito que ya estaba perdiendo mucho: leer.
Muchas gracias. Y verdaderos éxitos para ti.
Doris Encalada

lunes, 30 de septiembre de 2013

Así como me lo hacían a mí, yo también podía hacer daño a los demás

[A propósito de Mi familia y otras miserias de Orlando Mazeyra]

Por Daniel Rojas Pachas*

«A los hermanos Ted y Jorge Robledo, esa extraña pareja del fútbol chileno, venida de Inglaterra, de quienes aprendí a temprana edad, al leer las crónicas de sus vidas, la vocación del fracaso. Ted terminó en África, cansado de vivir, dedicado, según se dice, al alcohol, si bien otras fuentes indican que, tras servir como agente de inteligencia, fue asesinado en Omán. Jorge repitió los días, en el pueblo de Rancagua, en un empleo burocrático, acabando como guardián de puerta en el colegio Mackay de Viña del Mar.»
Germán Marín, Carne de Perro

Orlando Mazeyra Guillén, joven autor arequipeño de trayectoria creciente, nos entrega una nueva colección de cuentos intitulada Mi familia y otras miserias (Tribal, Perú, 2013). El libro, precedido por el respaldo de la crítica y prensa tanto nacional como extranjera, se estructura de 32 relatos, todos autónomos, escritos con una prosa ágil que no desperdicia ritmo y cierto tono poético en sobre adjetivaciones y descripciones vanas. El lector enfrenta historias breves pero profundas que le impactan por su dureza y por tocar fibras que están primordialmente ligadas a la nostalgia, la violencia implosiva que entraña la sangre y el crecimiento en esos espacios de sordidez, mundanidad y rutina que lindan con la locura, falta de épica y necesidad de normalidad, que han ido edificando la clase media y la vida suburbana.
Comparto la opinión de Raúl Bueno Chávez, que nos dice: «El lenguaje narrativo me parece impecable. Digo maduro, narrativamente cabal, lingüísticamente preciso, a menudo poético, con un desarrollo sin vacilaciones y siempre sugerente».
Respecto a la estructura de Mi familia y otras miserias, considero válido mencionar que parte de la obra funciona como una breve novela fragmentada, sobre todo si pensamos en aquellos textos centrados en el devenir del hijo escritor, su vida al interior del hogar, la niñez y adolescencia atravesada por la presencia de un padre excesivamente recto y con una superioridad moral explosiva frente a una figura materna pasiva y condescendiente, artífices de los primeros estigmas que forjarán la sensibilidad del personaje como artista y las trabas que irá arrastrando en sus escarceos dentro de una escena literaria caníbal y centralista, la limeña.
Estas historias me recuerdan cierta anécdota ligada a Freud: «En su notable ensayo sobre las relaciones de Sigmund Freud con Viena, Marthe Robert subrayó que el odio que éste sentía por la ciudad en que vivió la mayor parte de su  vida era, en último trámite, inseparable de la figura del padre. Freud la llamaba justamente, la ciudad paterna ("vaterstädtisch"), a raíz de haber sido llevado a ella por su padre cuando tenía sólo cuatro años. Jamás logró sentirse en casa, chez soi, pero la abandonó sólo cuando, después del Anschluss, se sintió directamente amenazado.»
Como señala José Luis Martín en su texto El hijo odia la locura del padre, pero se reconoce en ella: «El hijo lucha denodadamente contra la locura de su padre y decide cortar con todo, huir de casa para acabar con la locura. Pero la locura lo sigue a todas partes, y el acaba regresando. (…) Los personajes de Orlando Mazeyra Guillén se reconocen siempre en la locura y ese reconocimiento los empuja de vuelta al hogar, a batallar estérilmente contra una locura originaria, metafísica y por tanto invencible ».
Mazeyra en ese sentido, explora la psiquis del escritor con detención y desde múltiples ángulos, los primeros enamoramientos, la dependencia de fármacos o vicios que están arraigados en la piel junto a los cuentos de niñez y las primeras palizas, especial mención merecen los objetos, aquellas inusitadas armas contra la realidad, un balón de cuero de chancho, el libro o la máquina de escribir Olivetti.
Si consideramos tan solo los dos últimos, los escritores, incluido el propio Mazeyra, se convierten en materia prima, una ficción más para su galería en que transitan otros tipos humanos afines, otras miserias si queremos seguir el juego del título y si es que uno pretende hilar fino estrechando vasos comunicantes con por ejemplo el cineasta autodestructivo que mide su vida y talento arrojado a la borda en función de la filmografía de Scorsese y las clásicas citas de Taxi Driver, y por sobre todo el intertexto vital con el ascenso y fracaso del boxeador Jake LaMotta, siguiendo el curso de estas analogías, no puedo dejar de lado a los dementes o enfermos mentales que aparecen como una especie de heterotopía, un encuadre o negativo de la foto familiar perfecta, un veneno congénito que va revelando desde su supuesta inmadurez o inadecuación al mundo, la locura y vileza de los sanos, esos que disponen del destino de los más débiles tan solo para acallar los rumores o la molestia de los vecinos.
El desgarro en la comunicación es medular, en el relato «Las antenas del diablo», el tío Julio, declarado enfermo mental le confiesa a Alonso, el narrador: En esta casa ¡nuestra casa!, he aprendido cómo es el mundo.
Es un poco más o menos así me dijo y se agachó para arrancar una margarita—. Así empezamos: Nos arrancan de buenas a primeras… y, poco a poco, nos vamos deteriorando… Al final quedamos de esta manera: una mutilación, una maldita mutilación, ¿comprendes?
Este pesar se acrecienta si nos referimos a los sujetos que forman parte de historias como «Expiaciones Epistolares» y «Cartas Cerradas», hablo de seres que no pueden establecer una relación efectiva con sus pares y sentimientos, si no es mediante la escritura. No importa que esta no tenga un destinatario o respuesta inmediata, el fetiche del escritor es revelado en estos relatos, desde la óptica de quien sólo debe completar el acto testimonial, arrojar su mensaje al mundo sin mayor aspiración que la posibilidad de ser leído/escuchado.
Mazeyra en definitiva, construye diálogos, momentos y vidas que nos llevan a reflexionar e interrogarnos del mismo modo que él en calidad de autor indaga en la cuarta dimensión de su oficio y los procesos de escribir… porque, por si no lo saben, en la ficción la ficción genuina, por supuesto, que es la que aspiro a escribir cada golpe va sobre uno mismo.


*Daniel Rojas Pachas (Lima, 1983). Escritor, Magíster en Ciencias de la Comunicación y Profesor de Literatura egresado de la Universidad de Tarapacá. Reside en Arica (Chile) donde ejerce la docencia universitaria. Actualmente edita la revista literaria virtual y editorial impresa Cinosargo. Ha publicado el poemarioGramma en el 2009 con Ediciones Cinosargo, en investigación ha publicadoRealidades Dialogantes, ensayo por el cual fue beneficiado el 2008 con el Fondo Nacional de Fomento del Libro que otorga el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Chile. Actualmente sus publicaciones aparecen periódicamente en revistas literarias nacionales e internacionales, en la "Linterna de Papel" del diario El Mercurio de Antofagasta y ha sido seleccionado para formar parte de numerosas selecciones de poesía. Además ha sido beneficiado con la beca de perfeccionamiento, modalidad apoyo a tesis de postgrado en Chile o el extranjero 2010 del Fondo del Libro de Chile a fin de realizar su investigación sobre la novela ariqueña: Proyección y recepción dentro del canon nacional. 

viernes, 20 de septiembre de 2013

El Demonio del Sur

Por Gabriel Ruiz Ortega

¿Buscas nuevos narradores peruanos? ¿No te gusta lo que vienes leyendo? ¿Sientes que has tirado al tacho tus 30 maracas después de leerlos? ¿Has pensado en ir a la librería a que te cambien ese ejemplar por un Debolsillo de Mondadori? No te preocupes, te entiendo perfectamente. Es hora de desenfocarnos de Lima y comenzar a mirar en serio lo que se viene escribiendo en otras ciudades. Por ejemplo, es el tiempo de empezar a seguir y valorar la trayectoria del arequipeño Orlando Mazeyra, conocido también como El demonio del sur.
Pues bien, nuestro escritor no la ha tenido fácil y ha sabido superar las adversidades que deparan la mala recepción de una primera publicación, como su cuentario Urgente: necesito un retazo de felicidad (2007). En un circuito tan pródigo en el autoelogio y tan ducho en la administración de reseñas positivas, resulta determinante para un debutante salir lo mejor parado posible. La idea es que si no tienes prensa o saludos reseñísticos, mejor dedícate a otra cosa y consuélate con la idea de que el haber publicado un librito fue tan solo una bonita experiencia.
El demonio del sur tuvo la suficiente testosterona como para no dejarse amilanar y sorprendió en el 2009 con una segunda incursión en las distancias cortas, La prosperidad reclusa. En esta colección de cuentos nos topamos con autor distinto, más seguro y más definido en su propuesta, que lo situaba como un aplicado discípulo de las siempre complicadas leyes canónicas del cuento, aplicado discípulo que en conocimiento de causa supo sacarle la vuelta a esas leyes que más de un desubicado rehúye sin conocerlas bien.
Pero ahora estamos ante un auténtico salto de garrocha, pues encontramos a un Demonio del sur radical en su voz, voz que repotencia los tópicos de su título precedente. En este sentido, Mi familia y otras miserias (Tribal, 2013) es, y sin exagerar, un libro celebratorio en el universo de la camada de nuevos/no tan nuevos narradores peruanos. No te exaltes: he dicho celebratorio, no consagratorio.
Ahora, el volumen dista de ser una maravilla redonda debido a su excesiva cantidad de relatos, 32, en donde vemos la polaridad literaria en estado puro. Si queremos leer lo mejor y lo peor del Demonio del sur, esta es la oportunidad. Hizo falta pues un mayor poda, si el libro en cuestión exhibía solo 15 cuentos, seríamos testigos de un soberano carpetazo a cuentarios referentes de los últimos años, como Punto de fugaCrisis respiratoriaParís personalUn hombre distintoGuerra a la luz de las velasEl inventario de las navesManual para cazar plumíferosParque de Las Leyendas y Ayuda por teléfono. Aquí la ambición jugó en contra, pero es preferible fallar por ambición que por defecto.
Por otro lado, llamar cuentario a esta entrega podría resultar algo confuso. En más de una ocasión tuve la impresión de que estaba leyendo una novela, una sobre la cruda de lucha de un artista no tan adolescente que contra todo pretende ser escritor y en ese camino se enfrenta al primer y más temible de los enemigos: su familia. Esa lucha, la intención, por afianzar una vocación hace que del texto supuren la rabia y la furia que llegan a más que apreciables cimas en “Mi primera máquina de escribir”, “Expiaciones epistolares”, “Cartas cerradas”, “La llave de tu conciencia” y “La redacción”.
Bien podríamos cartografiar la publicación en los terruños de la metaliteratura, tendencia que lamentablemente, hace algunos años, arrojó buenos comienzos y promesas. En lo personal no tendría problemas en calificarlo como el libro metaliterario más duro y potente de la narrativa peruana última. No sé si el autor siga en esta vía, pero pienso que ya cumplió con dejar un testimonio de lo que debe ser escribir en este registro, un registro que no solo debe ser deudor de lo bien escrito, sino también del componente vital, que ahora es fuego que incomoda y jode al lector.

Texto completo en:


domingo, 25 de agosto de 2013

El cauterio de la autoficción: mi familia y otras miserias

Por Jordan Jáuregui Meza

Mi familia y otras miserias es el último libro del escritor Orlando Mazeyra Guillén (Arequipa, 1980), quien en una entrevista para un medio local, ante la pregunta sobre la proporción de realidad-ficción de la obra, respondió: ochenta-veinte; como lo anunció, ningún miembro de su familia acudió a la presentación. Orlando cuestiona cada párrafo como un escribidor que cree vehementemente en lo que hace; y no es gratuito, uno de sus grandes referentes es precisamente Mario Vargas Llosa. A propósito, Jeremías Gamboa[1], sobre El pez en el agua, dice: «Se trata de un encaramiento frontal, sin máscaras ni strip tease invertido, a una serie de heridas psíquicas dolorosas y cruciales. (…) En su novela de no ficción El mundo, el escritor español Juan José Millás señala que "la escritura abre y cauteriza al mismo tiempo las heridas". Algo similar parece haber realizado El pez en el agua en el propio Vargas Llosa».

La autoficción hace literatura a partir de la canibalización de las experiencias propias. No es fácil escribir, verdadera y verosímilmente, sobre uno mismo; mucho menos una salida anti-creativa para la narrativa. Por el contrario, constituye un reto quizá más desafiante: estrellarse contra la hoja en blanco, destrozarse, volverse a autoconstruir; y después de todo eso, darle la cara al texto. Los autorrelatos Orlando Mazeyra Guillén pasan por ese proceso, y todavía dejan un espacio, bien logrado, de redención para quien se enfrente a ellos.

Por otro lado, la economía del lenguaje presente en cada uno de los cuentos; que no se prestan al soliloquio redundante, muestran a un narrador maduro. Son las acciones, atmósferas y diálogos precisos los que se defienden solos, crean suspenso y abundan en mensajes, sin necesidad de explicaciones.

Orlando, sin más palabras, tu libro me hizo llorar un par de veces.

[1] LA CONJURA DEL PADRE, revista BUENSALVAJE, Nro. 6, p.14

Fuente: Blog de Jordan Jáuregui Meza




sábado, 24 de agosto de 2013

Pobredumbre, locura y escarnio: mi familia y otras miserias

Por Álex Rivera de los Ríos
Mi familia y otras miserias (Tribal, 2013) es el tercer libro de relatos de Orlando Mazeyra Guillén, escritor arequipeño que en los últimos años ha cobrado una notoria importancia en los medios culturales del país. Su obra ha sido premiada en distintos certámenes literarios y ha recibido el halago de críticos y autores nacionales e internacionales. No es una sorpresa: ya desde La prosperidad reclusa (Cascahuesos, 2009), su segundo libro, se veía el germen de un escritor impulsivo y de raza que intentaba crear un mundo personal a través de la perfección del lenguaje.
   En los cuentos que integran este libro hay un constante tema de fondo que se intuye ya desde su título: la familia. Los efectos que esta pueda ocasionar en el individuo son determinantes en su urdimbre. Aquí las relaciones filiales están malditas; si existen solo están para atormentar a los personajes, para hacer que estos se pregunten si la locura y la negación son mejor que la cordura de la rutina y lo socialmente establecido. El catedrático español José Luis Martín afirma: “… los personajes de Orlando Mazeyra Guillén se reconocen siempre en la locura y ese reconocimiento los empuja de vuelta al hogar, a batallar estérilmente contra una locura originaria, metafísica, y por tanto invencible.” En pocas palabras, el autor encuentra en la podredumbre, locura y  escarnio su identidad y  herramienta para  describir el mundo.
  En todo caso, los cuentos de este libro me han conmovido, irritado y emocionado (efectos indispensables de todo buen relato). El retrato del padre es descarnado y brutal, y estoy segurísimo que dejará un recuerdo imperecedero en los lectores, quienes sabrán reconocerse, como hice yo, en más de un personaje. Si bien hay unos cuantos que, ya sea por su débil esmero en el lenguaje, trama o construcción, el autor debió juzgar mejor antes de incluirlos en la colección, el libro en conjunto consigue una rotunda solidez. Recomiendo con emoción la inmediata lectura de “Mi primera máquina de escribir”, “Ropa tendida”, “De cómo mi padre se fue al infierno” y “Sueños sucios”, que  son los cuentos que más efecto causaron en mí.


    Orlando Mazeyra es un escritor  capaz de conciliar literariamente a dos eternos y acérrimos enemigos como Hildebrandt y Fernando Ampuero, que no dudaron en halagar por todo lo alto su obra. Y es que un escritor que no tiene miedo de desollarse a sí mismo y mostrar sus entrañas y miserias, merece, más que aplausos vacíos, la pronta lectura de sus libros.
Fuente: Blog "El sol y la carne" de Álex Rivera de los Ríos

domingo, 11 de agosto de 2013

Libros y autores - Diario La República (Lima)

Diario La República (Lima), domingo 11 de agosto de 2013.


Un libro de cuentos que ya ha ganado celebraciones de la crítica y de los lectores. Sus narraciones acumulan no poca intensidad, que, acaso comprimida primero, después se expande de manera sugerente y creativa, y todo con prosa precisa.

miércoles, 31 de julio de 2013

"Yo escribo desde el dolor y la rabia"


Escribe Edwin Cavello Limas

En la sala José María Arguedas de la FIL, el escritor y periodista Orlando Mazeyra Guillén presentó su libro Mi familia y otras miserias (publicado por el sello Tribal) junto a Oswaldo Reynoso y Guillermo Giacosa.

Reynoso señaló que la gran literatura peruana se está haciendo fuera de Lima. Y, sin duda, Arequipa es una de las ciudades con gran cantidad de escritores de talento literario. Orlando Mazeyra Guillén  demuestra que es un escritor de oficio,  sorprende con sus historias y la fuerza de su prosa. Sus líneas están llenas de imágenes, recrea atmósferas de dolor, rabia, amor y esperanza.
"Mi primera máquina de escribir es un relato poderoso" señala César Hildebrandt. Y tiene toda la razón, es un relato que sacude los recuerdos  desempolvando los fantasmas. Aquí la familia y las miserias saltan de página en página, como  personajes cinematográficos. Leer a Mazeyra me llevó a recordar la gran película  Carácter del director holandés Mike Van Diem.
Mi familia y otras miserias es un libro magníficamente atrevido, una obra que sobresale en la narrativa contemporánea,  y que está condenada a quedar como un referente de la literatura peruana.




martes, 30 de julio de 2013

Guillermo Giacosa: la capacidad de escribir

Azorín decía que cuando uno, a través de la violencia, le hace derramar las primeras lágrimas a un niño introduce en él la ira, la tristeza, la rabia, la venganza… sentimientos que el niño no tiene habitualmente se introducen con la violencia, ¿no? Y parece que, en algunos casos, también se introduce la capacidad para escribir. Ahora, yo no sé si lo que escribe Orlando es verdad o es mentira, pues se trata de ficciones.
Hace muchos años, Orlando me mandó por primera vez un cuento que me gustó mucho porque a mí me encanta que me cuenten historias, me fascinan las historias, me fascina la escritura que va dirigida a la parte emocional de mi cerebro, ¡eso me atrapa! Además los cuentos de Orlando Mazeyra hablan de una familia que aunque no coincide con mis rasgos familiares, pues yo no tuve una familia desgraciada, sí coincide con los rasgos familiares de muchos de mis amigos y parientes que vivían contándome sus desgracias y vivían envidiándome porque en casa nosotros no peleábamos.

Muchos de sus relatos están cargados de una emoción, casi de adolescente, diría yo. Historias que, al fin y al cabo, nos son comunes a todos. En este libro yo rastreo muchas emociones de ese tipo, con las cuales yo me siento identificado: hay una búsqueda de reconocimiento y una profunda decepción.

Guillermo Giacosa

lunes, 29 de julio de 2013

Oswaldo Reynoso: pulsación estética


Yo estoy muchas veces en contra de esos talleres de narrativa que emplean recetas de cocina para escribir un cuento o una novela. Pero qué es lo que noto en el libro de Mazeyra: cada cuento tiene un descubrimiento nuevo del tratamiento de la estructura, no se repite. Muchas veces leo libros de cuentos: leo el primer cuento, leo el segundo… y veo que la estructura es la misma, pero en Mi familia y otras miserias, no. ¿Por qué? Porque cada cuento obedece, fundamentalmente, a una pulsación estética a través de un lenguaje medido, directo, sin mayores adornos, ¿para qué? Para, a través de la belleza, mostrarnos una realidad que nos estremece: es la realidad de la familia.
Nos han metido en la cabeza que lo fundamental de un país es patria y familia. ¿Y qué es la patria? ¿Y qué es la familia? Acá, en este libro, encuentro una protesta frente a ese concepto de familia. Mazeyra a través de un lenguaje conciso, directo, bello, nos hace ver la crisis de la familia. Pero para mí lo fundamental es lo primero, porque está haciendo literatura: la estructura y la palabra con imagen para mostrar una realidad.


Oswaldo Reynoso

sábado, 13 de julio de 2013

La vocación


Por Gabriel Ruiz-Ortega*
La nueva narrativa peruana no atraviesa un buen momento. Lo que vemos, lo que se nos vende, hace rato dejó de ofrecer fuegos. Hemos vivido pues una etapa mentirosa en demasía. Las novelas y cuentarios de hace algunos años, de la gran mayoría de los nuevos narradores peruanos, no son ahora más que fidedignas muestras de victorias pírricas y, pese a su aún corta cronología, tienen a la fecha muchísimas canas, han envejecido prematuramente.
Leer este nuevo cuentario de Orlando Mazeyra, Mi familia y otras miserias, confirma lo que ya se venía sospechando de él: un autor en franca proyección. A diferencia de sus anteriores entregas, estamos ante un conjunto de relatos que en entre líneas abordan la vocación literaria, o mejor dicho, la vocación artística. Mazeyra se muestra cada vez más dueño de sus facultades, maduro en su propuesta y le ha sacado buena ventaja a sus compañeros de generación, puesto que entiende que lo que importa en literatura no es escribir bien —en realidad es lo mínimo que tenemos que esperar de todo escritor— sino transmitir, lo que sea, y si es incomodidad, tanto mejor. Es tal la capacidad de transmisión que logra Mazeyra, que este libro termina ubicándolo como una de las plumas más importantes de la camada de nuevos narradores peruanos.
Si leyéramos más a Mazeyra, indudablemente no diríamos que la nueva narrativa peruana atraviesa un mal momento.


* Gabriel Ruiz-Ortega (Lima, 1977). Es escritor y crítico. Administra el blog  La fortaleza de la soledad Autor de la novela La cacería y de la serie de antologías de narrativa peruana contemporánea Disidentes.